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Marcha por la Libertad del Pueblo Saharaui. Etapa 18.- Fuenlabrada- Leganés- Madrid 18 de Junio

Juan Rincón
hace 5 meses
Cádiz
Un chico joven, alto, muy alto,  arrastrando pelos de colores,  bici y incontables pircings y tatuajes marchaba a mi lado por el arcén de la carretera de turno. Caminábamos en silencio. De repente,  miré a lo lejos y empecé a gritar histérico un nuevo pareado: ¡Ya se ve el pirulí/ ya estamos en Madrid! Nadie acompañó mi excitado grito. No solíamos gritar por las carreteras. Por consejo de la menuda e inquieta C. guardábamos fuerzas y garganta para los sitios habitados pero, de vez en cuando, los pensamientos locos que nos surgían desde las suelas calientes de las deportivas o de la botas, nos obligaban a dejar salir un “Sahara, libertad”, desesperado,  solitario que rebotaba contra las señales cuentakilómetros que iban marcando una cuenta atrás – 25, 23, 22…- que parecía hacerse más  lenta por etapas. ¿Es la primera vez que vienes a Madrid?, me  preguntó enternecido el de los pelos multicolores.

“Donde regresa siempre el fugitivo”. No le podía contar que vine la primera vez hacia casi medio siglo – 43 años ya- a una escuela clandestina de formación de mi partido y que me asusté al ver en escalectric de Atocha y no sabía cómo se cruzaba a la otra parte que era donde tenía la cita de seguridad. Tampoco le podía contar que apenas un año después tuve que volver como fugitivo, escapando de la policía para incorporarme al aparato clandestino. “Un agujero queda para mí,  que me dejó la vida en sus rincones”

“No…” le dije sonriendo aceptando que se avecinaba una conversación que rompía la meditación mañanera y caminante con la que me había propuesto hacer balance, “…no es la primera vez”.  “El sol es una estufa de butano”. Que se lo digan a mi camiseta de la marcha.

A lo largo de los últimos cuarenta años, desde aquella segunda entrada subversiva en Madrid esquivando controles policiales, he viajado a Madrid en infinidad de ocasiones por política, por sindicalismo, por amor, por mi actividad literaria, por formación, por asistir a conciertos y espectáculos, para recibir y despedir amigas y amigos, como escala de ida o vuelta en mil viajes, sólo o con Ester o con toda la familia, con mi padre o mis hermanas. He llegado hasta el lugar donde “donde se cruzan los caminos” de mil maneras diferentes: en coches particulares viejos hasta ser peligrosos y nuevos rápidos hasta correr el mismo riesgo; en autobuses asmáticos y renqueantes de línea y alquilados para ocasión donde no se dormía nada por el humerío, los cánticos o la peste a pies: en trenes antiguos  cuyo traqueteo molía el cuerpo pero nunca el alma anhelante de llegar o en flechas súper rápidas como las de hoy que sólo te muelen el presupuesto; he llegado desde el aire alucinando en la noche que hace parecer Madrid un gran mosaico de brasas sobre el que vas a pasar o caer.  Pero nunca, nunca, había llegado andando, cruzando ese dédalo de autovías y carreteras que aparecían y desparecían desde las ventanas del bus o dibujaban arterias desde el avión. Nunca recorrí “a patita” cada uno de aquellos diminutos kilómetros que devoraba el tren o se perdían fugaces por el cristal trasero de nuestro Hunday. Ese paso lento del paisaje donde iban a apareciendo la vida y los habitantes me alucinaba y en la lejanía, el pirulí era como un mojón mayúsculo sobre el kilómetro creo de esta marcha. Aproximadamente. De ahí mi emoción. “La vida un metro a punto de partir”

 

Habíamos salido de Fuenlabrada por carreteras  donde el tráfico era denso, casi de pesadilla, donde cruzar cada glorieta era una aventura en la que había que provocar un atasco que terminaba por molestar. Sin embargo ya eran más, muchos más,   los saludos solidarios que las imprecaciones y maldiciones de quienes que se retrasaban unos minutos en su camino a sus abrevaderos por culpa de un puñados de rojos que ocupaban la carretera con otra de sus disparatadas causas. Infinitamente más las amigas y los amigos. Este si era mi Madrid.  Cierto que no todas las personas que nos acompañaron en el Plaza del Ayuntamiento de Fuenlabrada vinieron a acompañar nuestra salida. La representación que nos acompañó  era digna pero para nada proporcional a la intensidad de los discursos de recibimiento de algunas organizaciones.  Pero el Madrid que yo esperaba  nos esperaba en Leganés para unirse a nuestro paso mañanero por sus barrios. El Madrid que  yo esperaba se nos iba sumando al paso o aplaudía desde algunas ventanas. No era como los aplausos acordados  del confinamiento. No. Estos eran desde ventanas o balcones sueltos pero no reparaban menos el espíritu.  “Pongamos que hablo de Madrid”

Atravesamos Legazpi y Delicias con la rígida  escolta de la policía local y nacional que nos obligaba a  maniobrar de manera indecente por las aceras. Una cuestión de permisos y uso público de las vías, nos repetían con especial severidad. “De Este a Oeste, de Norte a Sur/ la próxima marcha será a El Aaiún” - Dudo que a los de la semana anterior en  Colón los trataran con tal nivel de indignidad.

Desde la misma puerta de Atocha donde años antes me cagué ante el escalectric, divisamos al fondo a la columna Este, la que venía desde Valencia,  que nos esperaba la cuesta de Moyano y me sacudió la emoción y la urgencia por fundirnos. Las consignas cobraron una intensidad especial porque queríamos que cruzaran todas las avenidas y se fundieran con las de nuestros amigos del Este. Cuando llegamos ante ellos, apenas hubo abrazos. Son tiempos de distancias y  de mascarillas. Ay. Pero hubo comunión de cánticos y de gritos y de risas y una urgencia por llegar a Sol a buscar la columna Norte que ya sabíamos que andaba por allí. Tomamos la calle Atocha. Subimos y subimos. Nunca una cuesta arriba fue tan fácil. Nadie gritó “Mas despacio, por favor” Desde arriba de la calle Carretas ya se adivinaba la Puerta del Sol ocupada por las banderas saharauis. Queríamos que nuestra  gran pancarta  y nuestros gritos “Sí, sí, estamos en Madrid" y  "¡Columna sur/ ajú, ajú, ajú!",   y la pequeñita y colorida de la columna Este y su cántico  “Hemos marchado de to el Estado/ Oh bella ciao, bella ciao, ciao, ciao/ porque tenemos dignidad” llegaran delante, juntas, hermanas,  para abrazar a la Columna Norte  pero ya la emoción nos adelantaba y nos envolvía a todas y a todos,  desordenando cualquier  puesta en escena.  

Se desataron los abrazos en Sol y en el camino al Ministerio de Asuntos Exteriores. Vivimos una intensa performance sobre la situación en los territorios ocupados y cantamos, cómo no, “Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos liberado el Sahara Occidental”. Recordamos a las y los presos políticos saharauis, hicimos inventario de las mentiras y las traiciones, nos seguimos abrazando por no llorar aunque también lloramos y reímos y cantamos y nos despedimos agotados sabiendo que aunque habíamos llegado al kilómetro cero de la marcha ahora nos queda un marcha aún más larga, más importante pues hay que poner en valor la movilización y obtener frutos.  El primer paso de esta nueva marcha  hacia el Aaiún liberado sería la marcha, la manifestación del domingo 19. Esa merece otra crónica especial. Mañana . O esta tarde.

 

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