Más bonita todavía

Los fríos de este invierno, con tantos días grisáceos y tristes, acentuaban la nostalgia de la primavera que pronto ya llegó y, repleta de esa luminosidad que para los sevillanos es la mismísima existencia. Aquí muchos experimentamos esa peculiar fotosíntesis que transforma los rayos de sol en fuente de vida, cuando cada tarde alarga algo más el día a modo de preludio de nuestro mejor tiempo.

Poco a poco pareciese que fuésemos recuperando la ciudad tantas veces soñada y vivida, impagable herencia de una variopinta historia y de quienes la hicieron posible generación tras generación, siglo tras siglo. Sevilla es una recreación divina junto al Guadalquivir, que disfrutamos con cotidiana normalidad quienes la habitamos e indefectiblemente acaba extasiando a quienes la descubren.

Repleta de tesoros monumentales y artísticos, completada por el encanto de sus calles, plazas, rincones y por la idiosincrasia de su gente, esta ciudad guarda innumerables claves de una profunda espiritualidad popular. Son los secretos recónditos de la urbe conventual y universal, que se autocomplace en sí misma. No es chovinismo, sino plenitud de satisfacción.

Entramos en el segundo cuarto del siglo con la novedad de la espléndida restauración de la Macarena, tras el infortunio vivido en la collación de San Gil para sufrimiento de toda la ciudad. Siempre tuve la certeza de que la pesadilla finalizaría bien, pero he de reconocer que a mí también me ha sorprendido muy gratamente la intervención artística sobre su bendito rostro.

Esta ciudad mariana tiene como principal y universal icono a la Esperanza Macarena, gran devoción que se sobrepone a todas las demás advocaciones particulares. Los sevillanos tienen la veneración personalísima en su hermandad principal, pero la mayoría compartimos en primer plano las grandes preferencias sacras, especialmente Jesús del Gran Poder y la Virgen de la Esperanza.

Pedro Manzano ha sido el instrumento del que Dios se ha valido para devolvernos la bendita imagen de su Madre igual que siempre, pero además más bonita que nunca. Faltaban palabras para describir su inigualable rostro y faltan ahora también para reflejar su nueva lozanía, su juventud recuperada y el candor más acentuado de su indescriptible mirada de siempre.

En sus pupilas siguen estando todos los que en vida le rezaron con amor, y nosotros los vemos hoy con mayor nitidez cuando buscamos su mirada. Ella es más Rosa de Oro que en diciembre de 2024, al recibir ese reconocimiento pontificio por ser devoción universal. La Macarena es ahora más singular que nunca, más “Pero como Tú ninguna” que recitase Rodríguez Buzón en su pregón, pronunciado hace setenta años.

Definitivamente restaurada, nos ha conmocionado verla en la proximidad de su veneración y en el besamanos del centenario en su parroquia. Para Dios todo es posible y ha querido regalarnos a la Madre, suya y nuestra, aún más radiante que antes. Más bonita todavía. Con razón Ella es causa de nuestra alegría y modelo de virtudes, que no cabe esperanza sin fe, ni fe sin caridad.

Subsiste el dilema que expresase Joaquín Caro Romero en el pregón del mítico año 2000, cuando “se va un siglo y viene otro, pero Ella siempre se queda”, al confesar que “no sé cómo está más guapa, la Esperanza Macarena”. Ahora se entienden mejor los piropos de Alberto García Reyes: “Eres más bella que nadie… eres la Virgen bonita de todos los azulejos… eres la cumbre de la belleza en esta tierra de esperanza; por eso aquí a las mujeres que son guapas por condena no les decimos bonitas, las llamamos Macarena”.

Quizás estos dos grandes macarenos convengan conmigo en que ahora está aún más guapa la Virgen de todos los azulejos, estampas, hogares, hospitales, presidios y lugares donde reina el desconsuelo y la pena. Pasó un cuarto del siglo y llegan otros cinco lustros, pero Ella siempre nos queda. Ahora es como está más guapa la Esperanza Macarena. Y más bonita todavía.

José Joaquín Gallardo es abogado