Aficionado a los toros, enamorado del animal que tanto representa y se identifica con la cultura española, con esa parte ritual de la fiesta en donde la vida y la muerte se enfrentan al límite, esto es, con la Fiesta con mayúsculas como pervivencia (y supervivencia) ancestral, GOYA ya los había captado desde su primera juventud, cuando un maestro de la categoría tan inmensa como el que llegó a ser, estaba desplegando los caminos que recorrería su amplísima y variada obra. Por esto, porque el mismo autor se identifica como el MINOTAURO, no podía dejar de representarlos, de dedicarles algo más que unos cartones o unos lienzos, sino llevarlos más allá del lápiz y del pincel, impregnarlos con la fortaleza de su muñeca en la serie de grabados a buril sobre planchas de cobre, donde para quien esto escribe radica una de sus mayores facetas para la posteridad de ambas Artes: la Tauromaquia y la Pintura.
GOYA no es tanto un aficionado que se limita sólo a analizar lo que sucede en el ruedo desde la barrera, empatizando con el dramatismo que se desarrolla ante sus ojos, sino que baja a la arena, coge el capote, la espada, la muleta, puede que se haya vestido incluso antes de majo o de torero y se decide a sentir en primera persona el espectáculo, el juego, ¿el tremendismo cercano a esa locura que supone situarse delante de un animal astado de un peso aproximado a media tonelada?
¿Es el vértigo extremo, parte de esa necesidad de situarse al límite?, ¿puede hacerse un paralelismo entre el vértigo ante el lienzo a la ferocidad del toro?
Nada podría estar más cerca del carácter tempestuoso del Maestro, que equipararse con la fiera liberándose al tiempo de la que llevaba dentro. Muchos de sus grabados están hechos a partir de la admiración por ese animal de belleza plástica. También, por esos hombres que median sus fuerzas con las bestias, y sin duda, que alanceados, estoqueados, abanderilleados, … desde su furia interna, emocional, irracional en suma. El buril usado como estoque o a la inversa.
Pero los toros pueden ser también un símbolo de la Guerra, de los enfrentamientos militares y civiles entre españoles o de españoles con franceses, con ingleses, con portugueses, contra los turcos, …allá donde se haya ejercido la violencia extrema.
Los toros como catarsis, como culto a la Muerte desde la Vida Eterna, porque a la posteridad, el pasar a la Historia local o Universal como es su caso, sólo puede llegarse al margen de los límites: descubriendo rutas, dedicando el tiempo a experimentos físicos, fisiológicos, químicos, matemáticos,… o con heroicidades en el Arte al abrir nuevos caminos, en el esfuerzo ímprobo que haga cualquiera aunque le cueste la vida. Subir al Everest, dejar horas y horas ante un microscopio u ordenador, abandonar los (otros) placeres para dedicarse a la Investigación, el altruismo incluso, o la Ciencia.
GOYA claro que lo sabía. Nació siendo ya un héroe en potencia, con una fortaleza que ya quisiéramos muchos tener aunque fuese la mitad de la cuarta parte. Fuerza para pintar, para grabar, para imponerse en las Cortes, para defender la Verdad. Fuerza para ponerse delante de un toro y representar porque lo conocía bien y de primera mano, todos los movimientos, texturas, peligrosidad de este.
La Historia del Arte tiene sin duda muchas deudas con GOYA. La del toreo y la de la Tauromaquia también. Él que tanto precedió los grandes estilos que se desarrollarían en el XIX a partir de su muerte y los que vendrán después, sobre todo en el XX, se convirtió no tanto en un defensor, sino en un publicista que hizo que estos acontecimientos perduraran y acaso magnificados por su arte, se propagaran, difundieran, conocieran.
Ya se ha dicho y equiparado muchas veces la religión y lo mítico con la tauromaquia, con las fuerzas sobrenaturales de los que corrían, saltaban, daban volteretas encima de los lomos de los astados, los detenían cual HÉRCULES o gigantes en las hagiografías profanas, pero GOYA lleva más lejos esas faenas imaginadas, las traslada al plano de la realidad digamos duplicada en la de lo real y en el de la imaginada.
TERESA LAFITA
